31.3.05

Present

(...)

I couldn't see anyone else in the park. It was late. He looked upset:

- When I look forward, what I see, makes me wanna look backward... and when I look backward, what is there, makes me look forward... And, shit! This neckache is killing me! It won't stop!

- What are you talking about!?

(...)

23.3.05

Formas de usar un escritorio

A los Templarios

Un escritorio grande, como el mío, consta, habitualmente, de una gran superficie de madera apoyada sobre sendas columnas de, por ejemplo, cuatro cajones cada una, que hacen a su vez la función de patas.

Un estudiante de graduado, yo lo soy, tiene sobre su escritorio, entre otras cosas, un lápiz, dos bolígrafos, uno rojo y otro negro, una goma, varios montones de papeles aparentemente desordenados, una pantalla de ordenador, un teclado, un ratón, una tortuguita de cristal, una guagüita de madera, una calculadora, un libro abierto, una miniatura de Spider-Man, una hoja caída de algún árbol, probablemente en otoño, y una agenda abierta por donde no toca.

Mis dedos, blancos por la tiza y doloridos todavía por el esfuerzo de la noche anterior, se agarraron con fuerza al borde del escritorio. Tan sólo la última falange de los dedos corazón, índice y anular de cada mano contactaron la superficie. Mi pie izquierdo buscó con ahínco la pequeña asa del último cajón de la columna izquierda. Una vez encontrada, allí se acomodó. El resto de mi cuerpo quedó suspendido en el aire. Los músculos de mis brazos y mi pierna izquierda se tensaron y mis abdominales se contrajeron para mantener en el aire mi pierna derecha. Respiré profundamente. Bruno me dio ánimos a la vez que colocó uno de los cojines del sofá en el suelo por si sucedía lo que no debía suceder. Respiré de nuevo y haciendo fuerza con mis brazos salí de debajo del escritorio, lugar en el que se encontraba gran parte de mi cuerpo en la posición de equilibrio inicial. Me detuve a medio camino. Pude sentir como mis músculos se tensaban y destensaban en función de mis exigencias. Mi rostro se enrojeció del esfuerzo. Ya no había vuelta atrás. Bruno me alentó y pensé en como me sentiría después e hice partícipe a la habitación de mi respiración y me concentré y sin miedo al fracaso hice un último esfuerzo.

Aquí de pie, sobre la superficie de mi escritorio, las cosas no se ven mucho más pequeñas, ni siquiera me siento un ser superior, pero sonrío a la vez que Bruno da una palmada y devuelve el cojín a su sitio. En unos segundos bajaré de nuevo al suelo y me sentaré en mi silla y ambos volveremos a dedicarnos a lo que mejor sabemos hacer...

17.3.05

Viento

A un elefante rosa de papel

Él se sintió atraído por ella en el momento en el que sus miradas se cruzaron por primera vez.

Ella nunca se había percatado realmente de su presencia.

La piscina, para él, era un lugar de recreo.

La piscina, para ella, era un lugar de trabajo.

Él era un universitario serio, introvertido, observador. Ojos marrones.

Ella era una universitaria alegre, extrovertida, observadora. Ojos azules.

La piscina abría sus puertas a mediodía y él llegaba poco después. Ella no trabajaba todos los días, cuando lo hacía, él era incapaz de concentrarse en otra cosa, de hecho su rendimiento en el agua disminuía considerablemente. En más de una ocasión se había imaginado a sí mismo reuniendo el coraje suficiente para por fin dirigirse a ella más allá de un tímido saludo educado. Sin embargo, los días pasaban y nada sucedía. Pasó un día, pasó una semana, pasó un mes y nada sucedió.

No fué hasta que coincidieron fuera del agua que hablaron por primera vez. Se encontraron en el supermercado, en la frutería, él estaba pesando unos plátanos mientras ella escogía unos tomates. Él estaba muy nervioso, ella no. Él habló poco. Cuando se despidieron no sabía muy bien como un pequeño trozo de papel cuadriculado con un nombre de mujer y un número de telefono escritos había llegado al bolsillo derecho de su pantalón.

Estuvo contemplando el teléfono durante media hora antes de llamar.

Él no tenía coche, por lo que ella se ofreció a conducir. Llegó puntual a la cita. Fueron a cenar a un restaurante, de moda a juzgar por la cantidad de gente que allí había y el tiempo que aguardaron hasta que les fue asignada una mesa. Hablaron de los trofeos que ella había ganado nadando, de las veces que él se había caído de su bicicleta, de los hermanos de ella, de la abuela de él, de Nicole Kidman, de Brad Pitt, de lo incómodo que se había sentido él en el supermercado, de lo inesperado de la situación para ella, de la comida, de la piscina, del futuro, del coche que él ansiaba, de experiencias psicotrópicas, ... En fin, hablaron de todo... En fin, hablaron de nada...

Se despidieron en el coche de ella. Él se apeó mostrando una sonrisa de oreja a oreja en su cara, satisfecho. Ella se quedó preocupada, no quería hacerle daño...

Ella no contestó su segunda llamada... ni su tercera, ni su cuarta, ni su quinta... No quería hacerle daño.

No le apetecía cruzarse con él. Pese a su esfuerzo, no podía evitar sorprenderse una y otra vez pensando en el porqué de lo sucedido, se había asustado. Se sentía incómoda. ¿Lástima quizás? Había llegado temprano a la piscina, era otoño y algunas hojas flotaban sobre la superficie del agua debido al intenso viento que se había levantado, la mayoría de ellas se concentraban en la calle 8, ella las recogía con una red. Cuando lo vió llegar dejó a medias lo que estaba haciendo y aprovechando que gozaba de media hora de descanso se dirigió hacia el vestuario femenino con la intención de nadar a continuación. Esperó en su interior unos minutos, lo suficiente para que él hubiera llegado al vestuario masculino, entonces salió y se dirigió a la calle 1. Poco después salió él, mirando al suelo para evitar un encuentro casual con ella, dejó sus cosas de cualquier manera sobre una de las tumbonas que había frente a la calle 1 y se dirigió rápidamente hacia la calle 8.

El inspiraba, izquierda, derecha, expiraba, izquierda, inspiraba, derecha, izquierda, expiraba, ...

Ella inspiraba, izquierda, expiraba, derecha, inspiraba, izquierda, expiraba, ...

Ella era más rápida que él y dominaba varios estilos. Él nadaba... y nadaba... y nadaba...

... La cabeza continuó su giro al costado mientras el mentón pareció seguir la marcha del codo a medida que iba hacia atrás. La mano que traccionaba empezó a redondearse y a volver hacia el centro de la línea del cuerpo. La boca se abrió más ampliamente a medida que el aire inhalado se incrementaba. Entonces sucedió. Tragó un poco de agua. La escupió ágilmente e inspiró profundamente con la boca abierta de par en par. Una hoja entró por ella taponando su garganta. Intentó inspirar, pero fue inútil, intentó toser. El pánico se apoderó de él, nunca había soportado el no poder respirar, siempre había sido incapaz de aguantar la respiración. El cansancio acumulado mermó su capacidad de reacción. Pataleó unos segundos. Perdió el conocimiento...

... Él sol lucía en el cénit. Se había levantado un fuerte e intermitente viento. Una ráfaga efímera alzó la enorme toalla de playa que él había dejado sin cuidado alguno sobre una incómoda tumbona de color naranja. No voló mucho, lo suficiente para alcanzar el agua en la calle 1. Algo rozó su mano cuando se disponía a lanzar una nueva brazada. De repente se quedó a oscuras. No acertó a salir de debajo de la toalla. Lo intentó varias veces. Se puso nerviosa. Tragó agua, mucha. Su claustrofobia la paralizó. Perdió el conocimiento...

* * *

El respaldo del asiento 19B del vuelo de Delta, con destino a Barcelona, procedente de Atlanta, se negaba a ceder pese a la insistencia de su ocupante. Harto de intentarlo en vano, activó la señal luminosa con el objetivo de conseguir la ayuda de alguna de las azafatas. Cuando ésta llegó a su altura, sus miradas se cruzaron... de nuevo.

- ¿¡Tú!?

Una amplia sonrisa de grata resignación se dibujó en los rostros de ambos...

1.3.05

A Solas

Al cielo

A solas pese a la turba.

A solas en el orto de mi historia.

A solas con el asesino de mi persona.

A solas cuando el silencio me ensordece.

A solas bajo la lluvia de una tarde de otoño.

A solas con la sonrisa del chamaco que un día fuí.

A solas con mi bastón y el final de mis principios.

A solas en una reunión de amigos invisibles.

A solas en un mundo viejo de juguete.

A solas mientras aguardo el ocaso.

¡Al carajo!

A solas CONTIGO.

24.2.05

17 x 2

A sus sonrisas

Subí al autobús, pagué al conductor y me dirigí a la parte trasera del vehículo. Alcancé a sujetarme antes de reanudarse la marcha. Entonces la vi. La esperanza de sus ojos perforó los míos. Sonrió tímidamente. Su rostro era precioso. Mi corazón se revolucionó. Mi estómago saltó al vacío. Quise decir algo pero fue inútil. Nunca antes había sentido algo semejante, algo tan intenso... tan efímero. En la siguiente parada se apeó. Llevaba consigo la funda de una guitarra. Estuvo inmóvil en la acera hasta que el autobús dobló la esquina. Sólo el violento latir de mi corazón quebraba el silencio que reinaba a mi alrededor, así hasta la última parada, diecisiete minutos después...

Volvería a llegar tarde al ensayo. ¿Por qué tenía que subirse gente en todas y cada una de las paradas que efectuaba el autobús? Que boba, en cuanto lo vi subirse no pude retirar mi mirada de su ser. Se percató, lo que me hizo bajar la cabeza, peor todavía. Aún así seguía viéndolo. Se movió torpemente hacia donde yo me encontraba, con cuidado, con indecisión... nunca llegó a alcanzarme. Me enamoré de su sencillez, de su ingenuidad, de su forma de mirar. Su aire descuidado me cautivó. ¡Mi parada! Bajé del autobús con su imagen grabada en mi mente. Ya no tenía prisa. Estuve allí, de pie, contemplándolo con los ojos cerrados durante diecisiete minutos...

¿Entonces?

18.2.05

El Ombligo III

A Mol y a Rob

- Un suizo, por favor, muy caliente.

El camarero vestía unos tejanos muy usados y una camiseta roja con una inscripción en inglés. Su moreno no era natural y el corte de pelo que lucía indicaba un alto grado de coquetería.

Allí estaba yo, en el mejor café-restaurante de la ciudad, sentado en un acogedor rincón mientras esperaba un reconfortante chocolate a la taza con nata. Había pocas mesas, y menos gente. En parte, quizás, por la hora; en parte, porque no todo el mundo puede permitirse el lujo de pagar un zumo de naranja al precio de un combinado con naranja. Un pasillo comunicaba la sala donde yo me encontraba con un original comedor del que hablaré más tarde si me acuerdo.

- Gracias.

Siempre me ha encantado sumergir la nata en el chocolate caliente antes de introducirla en mi boca. Afuera, unos niños jugaban en el inmenso parque que rodeaba completamente el moderno edificio de dos plantas en el que me encontraba. Ni rastro de una ciudad que parecía no existir en el oasis que me acogía. El frío era soportable gracias a un cielo completamente vacío de nubes y un sol radiante.

Por aquel entonces yo ya sabía de mi condición.

Un joven permanecía hipnotizado frente a la pantalla de su ordenador portátil a escasos metros de mí.

- ¡Hola!

- Un segundo por favor...

El joven hizo una llamada telefónica y habló durante treinta segundos y colgó su teléfono móvil y golpeó con destreza el teclado de su ordenador y anotó algo en una libreta de folios cuadriculados con un bolígrafo que seguramente le habían regalado en alguna frutería.

- Disculpe, ¿me decía?

- Discúlpeme usted a mí, simplemente pretendía entablar una conversación, no hay mucha gente por aquí...

- Sí, eso es cierto, por eso se ha convertido éste, en mi lugar de trabajo.

Vestía unos pantalones de pana marrón y una camiseta verde de manga larga. Lucía un corte de pelo que no era tal y barba de unos cuantos días.

- ¿Y eso? ¿A qué se dedica?

- Invierto en bolsa.

- ¿Trabaja usted para alguna firma importante?

- ¡No, no, no! Soy autónomo. Así no tengo que darle explicaciones a nadie.

- ¿Y con eso se basta usted? Quiero decir, conozco gente que invierte algunos ahorros en bolsa, incluso tengo amigos que realmente son aficionados a ella, pero todos ellos tienen además sus respectivos trabajos...

- Supongo que gano mucho más de lo que voy a ser capaz de gastar jamás y, por ello, no necesito buscarme otro trabajo.

El joven hizo una llamada telefónica y habló durante treinta segundos y colgó su teléfono móvil y golpeó con destreza el teclado de su ordenador y anotó algo en una libreta de folios cuadriculados con un bolígrafo que seguramente le habían regalado en alguna frutería.

- Me decía que gana mucho más de lo que necesita...

- Desde que entablé esta conversacion 300 euros.

- ¿Y es así siempre? Me parece mucho. No pensé que fuera tan fácil ganar dinero en el mercado de valores.

- Yo no he dicho que lo fuera... Lo es en mi caso.

- ¿Y qué hace con el dinero que gana?

- Muy sencillo... Lo reinvierto para ganar más.

- Me está usted diciendo que viene aquí todos los días y se dedica única y exclusivamente a ganar dinero con el fin de seguir ganándolo...

- ¿Quiere usted la respuesta larga?

- Por favor...

El joven hizo una llamada telefónica y habló durante treinta segundos y colgó su teléfono móvil y golpeó con destreza el teclado de su ordenador y anotó algo en una libreta de folios cuadriculados con un bolígrafo que seguramente le habían regalado en alguna frutería.

- ¿Qué hago con mi dinero? Bien, como ya le dije antes, reinvierto una parte y el resto... lo dono a diversas organizaciones no gubernamentales con las que tengo trato.

- ¿Se está usted quedando conmigo?

- No, en absoluto... Bien mirado, soy una especie de Robin Hood, podría decirse que robo el dinero de los ricos para dárselo a los pobres.

Una camarera enormemente atractiva se acercó a mi contertulio con una taza blanca de cerámica que posó sobre la mesa. Ojos azules, enorme sonrisa, pelo negro muy corto, figura esbelta. El joven sonrió a la vez que asía la taza y bebió con esmero.

- ¿Y no se cansa?

- No. Me divierto. Disfruto haciendo lo que hago. Además, dos veces al año viajo allá donde mi dinero viajó primero e interactúo con las gentes a las que ayudo. He estado en la India, Nepal, China, Colombia, Argentina, Somalia, Tánger, Bosnia-Herzegovina y un largo etcétera.

- No debe ser entonces tan joven como aparenta...

- Supongo que empecé con esto a una edad temprana, cuando descubrí mi secreto...

- ¿Secreto?

El joven hizo una llamada telefónica y habló durante treinta segundos y colgó su teléfono móvil y golpeó con destreza el teclado de su ordenador y anotó algo en una libreta de folios cuadriculados con un bolígrafo que seguramente le habían regalado en alguna frutería.

- Me decía algo de un secreto...

- No sé si debería decírselo. La verdad es que hace algunos años no se lo hubiera dicho, pero hoy en día he superado ya el temor a compartirlo. De todas formas, nadie me cree...

- Me tiene usted intrigado...

- Yo hago lo que hago, y me resulta tan sencillo, por una razón muy simple. Podría decirse incluso que hago trampas. En fin... Yo soy Dios...

Silencio. Se rompió un vaso en la cocina. La puerta se abrió y se volvió a cerrar. El camarero mandó hacer algo a la camarera. Una carcajada efímera.

- Mmm... Me parece que eso va a ser imposible... Porque, amigo, Dios... soy yo.

Miré a mi alrededor mientras decía esto, verificando que sólo él me había escuchado. Cuando volví a fijar la vista en el joven, éste estaba recogiendo sus bártulos y se disponía a marcharse.

- Las cinco y treinta y cinco. Mi jornada laboral ha terminado. Ha sido un placer hablar con usted. Quizás volvamos a vernos...

- ¿Me va a dejar usted así?

- Por cierto, ¿qué está haciendo usted al respecto de su condición...?

Cuando acabó la pregunta, que no esperaba respuesta, el joven ya había cruzado la puerta. Lo vi alejarse por el parque a través de las vidrieras. Dos niños corrían detras de una niña. Dos jóvenes se besaban en un banco. Dos perros peleaban por un viejo balón sin dueño.

16.2.05

La Bicicleta

Jaime tenía cinco años. Hacía dos que iba a la escuela. Todos los días, camino de ésta, pasaba por delante de un escaparate en el que reinaba una flamante bicicleta roja. Él tenía que conformarse con su vieja bicicleta de cuatro ruedas pero soñaba con poder, algún día, recorrer las calles de su barrio subido en el vehículo que tanto ansiaba. Tal era el deseo de alcanzar su sueño, que empezó a ahorrar cuanto dinero llegaba a sus manos para así poder comprarse la bicicleta. Además, todos los días, bajo la atenta mirada de su padre, intentaba aprender a deshacerse de la ayuda de las dos ruedas extras de la que ya tenía. Pronto todos sus pantalones se llenaron de remiendos mal que le pesara a su madre.

Los abuelos de Jaime vivían en el pueblo. Su abuelo, había sido ciclista, había sido compañero de Federico Martín Bahamontes, el mejor escalador español de todos los tiempos. Un buen día, Manuel, así se llamaba, encontro una vieja bicicleta oxidada entre un montón de trastos que su mujer, Antonia, guardaba en el trastero. Aquella había sido su primera bicicleta. Manuel no pudo evitar soltar una lágrima, pero tan pronto se deshizo de ella, decidió ponerse manos a la obra y restaurar aquel cacharro para convertirlo en lo que sin duda sería el mejor regalo que podía hacerle a su nieto de siete años. Al fin y al cabo, se lo debía, pues él era el responsable de la pasión del niño por tan bello deporte. La tendría acabada en verano.

Dos días antes de ir a pasar junto a los abuelos las vacaciones de verano en el pueblo, con siete años a sus espaldas, Jaime se sintió satisfecho. Se había hartado a hacer favores a todos los vecinos del barrio y así, poco a poco, había conseguido juntar lo suficiente. Le pidió a su madre que le acompañara a la tienda a comprar la bicicleta. Ésta no pudo oponerse ante la diligencia de su hijo. Para aquel entonces el joven ya era un experto ciclista, se había estado preparando duramente para el gran momento. Cuando por fin cabalgó sobre ella, se sintió la persona más feliz del mundo.

Cuando llegaron a casa de los abuelos, Jaime bajó del coche a toda prisa, montó en su bicicleta roja que viajaba en el remolque y pedaleó en busca de su ídolo. Cuando lo vio, quedó perplejo ante la imagen de su abuelo erguido junto a una reluciente bicicleta negra en cuyo cuadro se podía leer en amarillo, Jaime. Su abuelo había restaurado su vieja bicicleta para él y ahora parecía una obra de arte. Jaime, montado en la bicicleta roja que tanto esfuerzo le había costado conseguir, no esperaba aquello.

Bajó de su bicicleta roja y anduvo hacia su bicicleta negra. Cuando estuvo a mitad de camino, miró rojo y miró negro y echó a llorar de alegría...