15.3.06

Tres ideas bilingües Three bilingual ideas

De un amigo From a friend

Era tan especial para tanta gente que el día que alguien lo fue para él nadie se dio cuenta, ni siquiera ese alguien, ni siquiera él... Y así fue como el tiempo pasó y él nunca supo qué significaba el término especial.

He was so special for that many people that the day someone was it for him nobody realized, not even that someone, not even him... And thus, it was how time went by and he never knew what that word meant,
special.

De una canción From a song

No pudo apartar sus ojos de ella. No pudo apartar su mente de ella. No, hasta que ella dejó de ser ella para ser otra ella. Y así sucesivamente...

He could not take his eyes off of her. He could not take his mind off of her. Not, until she stopped being her and became another her. And so on...

De una brisa From a breeze

Mientras tranquilamente caminaba por la calle se preguntó qué hubiera pasado si hubiera vivido su vida al revés, desde el final. Se dio la vuelta y caminó de espaldas y tropezó y se golpeó la cabeza fuertemente e inesperadamente se murió.

While he was walking calmly in the street he wondered what would have happened if he had lived his life backwards, from its end. He turned back and walked backwards and stumbled and his head strongly hit the floor and unexpectedly he died.

2.3.06

Encantada de conoceros

Hacía siete meses que Noel vivía con Valentine, padre francés, madre japonesa. Hacía dos años que la había conocido. Él doblaba una esquina con prisa camino de la escuela de ingenieros. Ella doblaba una esquina camino de la modesta galería de arte de su padre cargada con unas pinturas de jóvenes talentos franceses. A veces uno tropieza, a veces te gusta. Hacía cuatro años que había dejado Barcelona. Hacía cuatro años, Víctor, Jordi y Rubén lo habían acompañado en estado de completa embriaguez al aeropuerto del Prat. Allí, después de una noche de excesos, lo esperaban sus padres y sus maletas. Fue una despedida emotiva, como la mayoría de las despedidas en las que él se había quedado. Desde entonces había regresado a Barcelona en cuatro ocasiones pero nunca había coincidido con los tres a la vez. Dos cafés con Víctor. Una cena sin postres con Jordi. Una tarde comprando con Rubén. Y ahora, estaban a punto de llegar. Una semana de vacaciones en París. El inconfundible zumbido del timbre. Abrió la puerta Valentine.

"Hola, vosotros debéis ser Víctor, Jordi y Rubén," con acento francés. "Es como si ya os conociera," tres por dos besos.

Víctor

Víctor lo acompañó a la cocina a cortar jamón mientras Valentine abría una botella de vino tinto del Penedés y Jordi y Rubén hablaban del empate entre el Barça y el Zaragoza del partido de liga del fin de semana anterior.

"¿Qué tal todo?"

"¡Cojonudo, tío! No me quejo, chaval. Estoy trabajando con mi padre, ¿sabes?"

"¿En el taller?"

"Sí, en el taller. Al principio fue un poco coñazo. Ya sabes como es mi viejo... Pero ahora todo marcha. El viejo está incluso pensando en retirarse y dejarme el negocio... Y tú, tío, ¿qué tal tú? ¿Cuánto hace? Cuatro años desde que te fuiste..."

"Sí, cuatro años. Aunque a ti aún te vi la última vez que fui..."

"Ya, pero no es lo mismo... ¿Y que tal con Valentín? No es por nada, pero tiene nombre de tío. ¿Cómo se escribe?"

"Con e final... Pues las cosas nos van muy bien, es un placer tenerla a mi lado..."

"¿Placer? Venga, tío, a mi me lo puedes decir. Su familia está forrada, ¿verdad?"

"¿Perdón?"

"No te ofendas, pero no se parece en nada a ninguna de las chicas con las que has estado... Vamos, hablando en plata, es más fea que un pitufo comiendo limón."

"Tienes suerte de que te conozca..."

"De verdad, Mónica mismo, te acuerdas de Mónica, ¿cómo no te vas a acordar? ¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?"

"Dos años."

"Mónica sí que estaba buena. Bueno, lo sigue estando, la vi el otro día y... ¡Joder! Igual la llamo un día de estos. No me entra en la cabeza todavía que la dejaras... Unos tanto y otros tan poco..."

"Te olvidas de un pequeño detalle, coliflor. La dejé porque llevaba dos meses acostándose con otra persona... A mí me parece un buen motivo..."

"Pero, tío, te pidió perdón, ¿no? A veces la gente comete errores... Además, se lo estaba montando con otra tipa... Yo lo hubiera visto como una posibilidad en lugar de como un inconveniente... A veces tío, es que no te enteras..."

"El que no se entera eres tú. Suerte tienes de que seamos amigos... Por cierto, ¿Te acuerdas de Esther? Creo que antes de que llames a Mónica deberías saber que hasta donde yo sé, ella y Esther son pareja."

"¿Esther? ¡Coño! ¡Otra qué déjala! Aunque ella nunca entró en el armario... Igual las llamo a las dos, ¡jajaja! Y tú, ¿tú cómo sabes eso?"

"Mónica me lo dijo, hablamos de vez en cuando. Que no podamos ser pareja no quiere decir que no podamos ser amigos."

"No hay quien te entienda, chaval."

"Anda, cállate ya, que no dices más que tonterías, y haz algo útil," le alargó una bandeja repleta de finísimas lonchas de un jamón de pata negra que olía muy rico.

Jordi

Valentine se levantó de la mesa dirección a la cocina donde con esmero se dispuso a presentar el postre. Víctor y Rubén discutían sobre la calidad de la última película de Almodóvar y Noel acompañó a Jordi al balcón.

"¿Fumas?" Jordi, susurrando, nunca alzaba la voz, mientras se encendía un cigarro rubio.

"Conseguí dejarlo precisamete aquí."

"Yo lo he intentado varias veces. Intentado... Supongo, bueno, no supongo. He sido incapaz."

"¿Lo has intentado realmente?"

"Ya, eso es lo importante, ¿no? Realmente... No, no lo creo. En fin... Me gusta, disfruto de ello... Te veo bien Noel. Me gusta París, me gusta tu barrio, me gusta tu casa. Tengo entendido que en el trabajo las cosas te van bien también. Y Valentine... Valentine es adorable. Transmite bondad."

"Sí, la verdad es que no hay día en el que no me sienta afortunado por todo lo que tengo y sucede a mi alrededor. Y además, ¡estoy enamorado! Jordi, soy feliz..."

"¡Cuánto han cambiado las cosas! Cuatro años ya... Parece que fue ayer. Me acuerdo de la cara de tus padres en el aeropuerto. ¡Qué momento! ¡Qué vergüenza! ¿Qué cantábamos?"

"Cuando fuimos los mejores, ¿quizás? No sé. Y sí, la cara de mis padres fue para enmarcar. Me acuerdo del amanecer en el muelle. Nuestro último amanecer juntos. Allí, los cuatro..."

"Yo también me acuerdo..."

"Y... ¿Nos dimos un beso? Sí, lo hizimos, ¡no me acordaba!"

"Sí, lo recuerdo..."

"Deja que piense... Mmmmm... ¡Sí! Eres el único hombre al que he besado... Siéntente afortunado, ¡jajaja!"

"Tú no, Noel, pero sí, me siento afortunado... de haberte conocido."

"No entiendo."

"Te quiero Noel, siempre te he querido y siempre te querré... Y no, no sólo como se quiere a un amigo..."

"Jordi..."

"No te preocupes Noel... Por fin vuelo... Por fin me siento libre..." Se miraron a los ojos por un instante antes de fundirse en un abrazo. Allí, Jordi se sintió correspondido y besó su cuello suavemente. Noel se sintió a gusto, feliz por su amigo.

Rubén

Valentine y Jordi bebían té caliente mientras ella se deshacía en elogios hacia su París natal. Víctor pasaba las páginas de una revista francesa. Rubén amagó con encontrarse mal y Noel lo acompañó al lavabo.

"¿Cierras la puerta?" Rubén, ronco, su voz era siempre la de quien se despierta a mediodía después de una noche de excesos.

"¿Te encuentras bien? ¿La cena? ¿Vas a vomitar?"

"¡Qué va! Estoy perfectamente, ¿no me ves? Últimamente triunfo más que la Pepsi en Rusia... Desde que te fuiste no hay quien me pare... Por cierto, Valentine es feílla, ¿no? Mientras te guste a ti... Estoy entrenando bien, me siento mejor que nunca... Y a ellas les encanta."

"Si es lo que quieres... ¿¡Pero qué estás haciendo!?"

"Snifffff... Esa es para ti, ¡Por los viejos tiempos! A ver, déjame mirarme en el espejo. No sé como me lo hago pero siempre acabo con la nariz blanca. Paso de que me vean así. Además, no sé como se lo tomaría Valentine... Y Jordi, Jordi es un pesado, le he dicho que lo he dejado para que me deje en paz. ¡Sus sermones son peores que los de mis viejos! Macho, deja de mirarme con esa cara... ¡Espavila!"

"Creo que voy a pasar..."

"¡No me jodas! ¡Un día es un día! Oye, no te creas ahora que... Esto lo hago sólo de vez en cuando, muy de vez en cuando y, además, nunca solo... Quiero decir, cuando uno empieza a hacerlo solo, malo. Es algo para disfrutarlo en compañía."

"En serio, prefiero no hacerlo..."

"Tío, pero si tú nunca le has dicho que no a nada. Vive cada segundo con la intensidad del último y la ilusión del primero... Blablablablabla... Siempre serás un pitufo filósofo. ¡Joder! No había manera de hacerte callar, a la que fumabas un poco de hierba ya no había vuelta atrás. ¿Sabes lo que creo? Creo que las tías sólo se enrollaban contigo porque era la única manera de hacerte callar, ¡jajaja!"

"Cada uno juega sus bazas... Yo no tengo tus músculos. En serio, tío, paso... Supongo que me hago mayor..."

"¡Qué te follen! ¡Más para mí! Snifffff... ¿Mi nariz?"

"Está bien, está bien, tu nariz está bien... El que no está bien eres tú pero, oye, ya eres mayorcito..."

"No empieces, de verdad, no empieces... Ya te lo he dicho, esto es sólo de vez en cuando, no debes preocuparte. Anda, cabronazo, dame un abrazo y vámonos de aquí antes de que empiecen a pensar cosas raras..." Noel acercó una toalla a Rubén que entendió que debía usarla. Lo cogió por la cintura y lo miró mientras se limpiaba la nariz. El cuerpo de Rubén era duro. Noel sintió lástima, pero no encontró la forma de hacerse entender. Echó de menos un poco de hierba.

***

Allí, sin que ninguno de los cinco se diera cuenta, la noche los enredó.

Los ojos de Valentine no se esforzaban en disimular su cansancio. Jordi, Rubén y Víctor esperaban en la puerta. Noel se había ausentado. Regresó con una bolsa que entregó a Jordi. Afuera, París amanecía.

"Encantada de conoceros," Valentine con una sonrisa sincera.

"Igualmente, ha sido un placer," Jordi se adelantó a sus compañeros.

"¿Nos vemos mañana, entonces?" Preguntó Rubén.

"Mañana no creo, pero el martes seguro," sentenció Noel.

"Ya no molestamos más," Víctor antes de que se repartieran besos y abrazos y se despidieran definitivamente. Valentine cerró la puerta y se quedaron solos.

"Son adorables, tus amigos son adorables..."

"Lo son, cariño, lo son. Al fin y al cabo, son mis amigos, ¿no?" Se besaron apasionadamente y encontraron su camino hasta el sofá y se dejaron caer sobre él...

***

El martes volvieron a verse, pasaron el día juntos recorriendo París, lo pasaron bien pero algo era diferente, algo había cambiado. Noel pensó que en ocasiones el tiempo se detiene, se para, y pasa luego de golpe, en un instante.

A tres amigos cuyo tiempo conmigo no se detiene

Si quieren saber qué podría suceder después lean Al otro lado de la cámara...

1.3.06

Cuentos de Cinco, Tres, Uno... Fin

A Uno, Tres y Cinco


Uno y Tres:

La misma sensación desde que la mágica explosión inicial se enreda y disuelve en un entorno harmónico, en paz. Dentro, muy dentro. La misma sensación un día, y otro día, y otro... La misma sensación hasta que es demasiado tarde. Gritos de auxilio que no perciben ninguno de nuestros sentidos, que se ahogan, que perecen. La misma hasta que la realidad la traduce con dureza a un idioma que sí entendemos. Y de repente, es quizás demasiado tarde.

Si sólo entender fuera más sencillo...

Vida.

Cinco:

Llamó su atención una vez más y se acercó a él. Separados tan sólo por una ridícula cinta amarilla que condenaba a marchar a los de dentro, él, y quedar a los de fuera, ella. Se miraron a los ojos y se perdieron en las profundidades de un mar infinito alumbrado por la ténue luz de una luna llena de invierno. Se agarraron desesperadamente a un beso apasionado, como quien tiene miedo a caer. Se ahogaron, se rompió, cayeron. Mientras ella caminaba en una dirección; mientras él caminaba en otra dirección; mientrastanto, algo más se rompía, como una cuerda que se deshilacha pausada, pero irreversiblemente. Quizás parasiempre, quizás no, quizás no...

Nudos.

Uno, Tres y Cinco:

Cuando llegue el momento lo sabrá a pesar de no saber qué es lo que está esperando. Lo sabrá y estará preparado. Lo sabrá y no tendrá miedo a lo desconocido. Amanecerá y firmará un cheque con la satisfacción del que conoce un porqué, aunque sólo sea uno. Por un sueño y, los sueños, no tienen precio. Firmará también la carta más honesta que jamás habrá escrito. (...) Hay algo que siempre admiraré de ti, la ilusión con la que miran tus ojos, a pesar de todo. La pasión enfermiza, pero pasión al fin y al cabo, por lo que haces. Eso, y el haberme regalado a mí, y a ti también, una parte de tu yo más oculto. (...) Cargará un cheque, una carta y un enorme paquete hacia un escenario aún vacío. Un enorme paquete, cuyo contenido habrá dejado de ser importante para él, pero lo seguirá siendo para alguien. Dejará la carta en los dominios de Uno y el cheque y el paquete en los dominios de Dos. Rogará a Dos, con su puño y letra, que haga llegar el paquete a Tres junto a una nota, carente de elementos distrayentes, una nota en la que simplemente se leerá una letra, una letra sincera, una letra fuerte, real, eterna, una letra escrita con el corazón. Sólo entonces regresará al exterior, de donde nunca debió salir. Sólo entonces se dejará deborar por la niebla. Sólo entonces respirará hondo, consciente de que lo esencial queda hecho. Sólo entonces mirará brevemente hacia atrás, feliz, antes de echarse a volar...

¿Cómo tantas otras veces?

Por primera vez...

Fin

¿Fin? Su camino no ha hecho nada más que comenzar. En su bolsillo una brújula. Una brújula que apunta hacia el Norte, hacia su corazón...

26.2.06

Lágrimas

A un cel ple de papallones

Sentado en un sucio asiento de autobús completamente vacío, nadie vivía tan lejos como él. Se enfrentó a sí mismo, a sus fantasmas, con actitud desafiante. Frente a él, el difuso reflejo de su persona en uno de los enormes ventanales del vehículo, aceptó, dubitativo, el reto. A su alrededor, silencio desordenado. Urgó en sus recuerdos sin compasión, conocedor de lo que sucedería. Su reflejo dibujó una mueca de tristeza antes de, derrotado, comenzar a llorar. Sus ojos permanecieron impertérritos mientras contemplaban, a su juicio, lo patético de la situación. "Última parada," abandonó el autobús sin ni siquiera intentar tranquilizar a su oponente con una mirada condescendiente. Se sabía ganador desde el principio. Su reflejo, hundido, resistió en el enorme ventanal durante un instante eterno antes de evaporarse definitivamente...

Permaneció completamente inmóvil durante cinco interminables minutos. Sin parpadear. Sumergido voluntariamente en el exotismo de sus diminutos ojos castaños. Un anciano se deshacía de los restos de su merecida y suculenta cena en una de las papeleras del restaurante de comida rápida en el que se encontraban. Cabello y barba blancos como la nieve, cuidados, voluntariamente largos. Zapatillas deportivas, calcetines invisibles, la mitad de unos pantalones, camisa cuadrada, tirantes cómicos, gigantes gafas. Santa Claus en verano, a pesar de su atlética figura. En otra mesa dos empleados discutían las cuentas del restaurante con un enorme encargado de sexo indefinido. Un padre y su hijo abandonaban el local en busca de la compañía de una multitud a juzgar por la cantidad de comida que arrastraban con ellos. Ajenos a lo que sucedía a su alrededor se miraban, habían pasado todo el día juntos, disfrutando el uno del otro.

Ella rió hasta que dejó de hacerlo y comenzó a sentirse incómoda. Él abría sus ojos con fuerza. Ni una sola lágrima. "Yo no lloro," recordó sus palabras. Todo había comenzado como un juego inocente, una broma inofensiva, pero ahora tenía miedo. Comenzó a mirar a su alrededor en busca de refugio. Intermitentemente hacía coincidir sus ojos con los de él, una vez y otra vez y otra... Él seguía sin hacer nada. Intentó arrancarle una sonrisa. Inútil. Fue ella la que entonces, irremediablemente, lloró. Sus ojos se llenaron de lágrimas. El juego dejó de ser un juego. Él reaccionó y se llevó la mano al bolsillo derecho de sus pantalones en busca de un pañuelo que delicadamente acercó a su rostro. Acarició suavemente su húmeda mejilla antes de que sus manos se encontraran y ella aceptara su ofrenda. Ambos sonrieron. Ella se frotó el brillo de sus ojos con cuidado, sosegada.

"Te lo dije," susurró él dulcemente, a lo que ella contestó, aliviada, con una risa sonora y efímera, balsámica. "¿Me quieres, verdad?" Preguntó sin esperar respuesta... Silencio agridulce.

Se despidieron en el aparcamiento. Él la beso brevemente en la mejilla antes de fundirse en un abrazo en el que ambos se sintieron agusto, por diferentes motivos. Ella se quedó allí, de pie, observando, mientras él se alejaba, como su figura se perdía en la oscuridad de una noche sin luna en la que las estrellas salpicaban un cielo inexpresivo. Caminaba recto, erguido, firme. Ella comprendió.

Camino de su casa recordó su reflejo en el enorme ventanal del autobús y pensó que todo sería diferente si él estuviera al otro lado.

21.2.06

Diferencias de fase (espaciotemporales) o El día que perdí la cámara

A ti

"¿La encuentras?¨


"No," dijo ella mientras rebuscaba entre el caótico montón de ropa. La habitación emanaba todavía el olor de su amor.

"No te preocupes, pues. Probablemente se me olvidó en el restaurante. No debí haber bebido ese mojito, si es que... Debí haber cogido el bolso... " Se resignó. "No espero recuperarla, aunque llamaré por si acaso, ¿dónde está tu teléfono móvil?" Ella estiró su brazo derecho y apuntó con su dedo índice hacia la mesa del escritorio, él lo localizó entre unos papeles y llamó al restaurante. Cuando le preguntaron se identificó con el nombre de ella y su número de teléfono.

"¿Y esto?"

"¿Él qué?" Dijo él a la vez que veía como ella sujetaba una libreta abierta por una página llena de garabatos. "¿Eso? Eso es mi último cuento, bueno, es simplemente una primera aproximación a lo que quiero que sea. Todavía no está acabado."

"¿Puedo leerlo?"

"¡Claro!" Mientras se dirigía a la cama. "Yo voy a acostarme un rato, no me encuentro muy bien."

Antes de alcanzar el lecho, ella se abalanzó sobre él sin que él lo esperara y se agarró con fuerza al pantalón de su pijama y con un movimiento ágil se lo bajó hasta los tobillos. "¡Cinco a cuatro! ¡Por fin rompo el empate!" Rieron.

***

Seis mil millones y medio de personas habitan la Tierra hoy.
Cien mil millones de personas han habitado la Tierra hasta hoy.
Cien mil millones de formas de amar... en el espacio... en el tiempo...

"Lo siento."

"No, no lo sientas. No sé por qué he pretendido engañarme. Sabía que esto sucedería tarde o temprano."

Dieciocho años antes él había comenzado a estudiar arte dramático. Formaba parte de un grupo de teatro independiente que se dedicaba principalmente a hacer teatro en la calle. Además, audicionaba con asiduidad tratando de hacerse un nombre dentro del panorama teatral local. Juan, un amigo suyo, lo invitó a una fiesta en la que Bárbara Puig presentaría la que debía convertirse en su primera obra como codirectora después de haber pasado cuatrocientos cincuenta y dos días en Broadway con diferencia de opiniones tanto por parte del público como de la crítica. En cualquier caso, su paso por los escenarios de Broadway le permitían volver a casa por la puerta grande y habían facilitado la financiación de su nuevo proyecto, cuya idea original era de un viejo, y buen, amigo suyo.

"Ésta es Bárbara Puig," Juan le acarició la espalda, suave, bonita. "Alberto Reverté, un amigo de la infancia que todavía hoy sigue rondando a mi alrededor..." Alberto, dubitativo, le estrechó la mano. Bárbara lo abrazó y le regaló dos besos, uno en cada mejilla. Alberto la encontró maravillosa y pensó que disimulaba muy bien el rondar los cuarenta. Cruzaron algunas palabras.

Volvieron a verse el día de la audición. Durante el descanso, Bárbara y una chica mucho más joven que ella, probablemente de la edad de Alberto, se sentaron junto a él en una mesa de la cafetería. Bárbara le dijo algo a su acompañante y ésta los dejó solos.

"El papel de Mateo es tuyo," Mateo era el mejor amigo de Víctor, el principal protagonista masculino de la obra, y suponía un reto por ser rico en matices. Su traición, tanto a Víctor como a Amaral, su pareja en la obra, intentando ganarse el amor de Susana, la principal protagonista femenina, presentaba un abanico de posibilidades interpretativas muy interesantes para cualquier actor.

"Pero..." Alberto todavía no había subido al escenario.

"Sin pero," antes de que su conversación se viera interrumpida de nuevo por la joven, que regresó a la mesa con dos cafés, Bárbara le dio una tarjeta a Alberto. "Llámame un día de estos y, si te apetece, podemos salir a escuchar jazz en directo, conozco un par de sitios interesantes."

No llamó hasta una semana después. La tarjeta se había convertido en su tesoro más preciado. No se separó de ella ni de la sonrisa que se le dibujó al recibirla durante toda la semana. No podía quitarse a Bárbara de la cabeza. "Sólo quiere conocerme, ella es una actriz famosa y tú, tú sólo estás comenzando. Pertenecéis a círculos diferentes, le has caído bien y eso es todo," se repetía una y otra vez. Una parte de él hacía caso omiso de tales afirmaciones y alimentaba la esperanza de que quizás...

El concierto fue excelente. Un cuarteto de jazz cuyos integrantes conocía bien Bárbara de su paso por New York City. Después del concierto se sentaron a tomar algo con ellos y Alberto se sintió cómodo en un ambiente que no le era del todo desconocido. Su madre era cantante de jazz, nunca se había dedicado a ello de forma profesional, pero había paseado a su hijo por más de un escenario. A cierta gente le enamora hablar de sus recuerdos, a Bárbara le apasionaba. Carteles de "no hay entradas"; fiestas que se prolongaban hasta que los primeros rayos del Sol mostraban a los asistentes el camino de regreso a sus casas; conciertos que se convertían en improvisadas jam sessions; excesos blancos, tintos, rosados, en polvo, inhalados; amantes con fecha de caducidad; ...

Alberto aceptó quedarse en casa de Bárbara porque el destino quiso que su coche tuviera la rueda pinchada y que ésta no le dejara llamar a un taxi. Entraron en el edificio de apartamentos de Bárbara. "Buenas noches señora Puig," dijo el portero y se dirigieron hacia el ascensor donde un segundo portero les invitó a pasar. Hasta ese momento todo había ido bien, pero en el instante en el que la puerta del ascensor se cerró, Alberto comenzó a sudar, el estómago se le encogió y su azotea comenzó a imaginar cosas que no debiera imaginar. Sintió vergüenza de que Bárbara pudiera percatarse de cuanto acontecía en su cabeza. En el piso cinco él la miró, completamente ruborizado. En el piso seis ella le devolvió la mirada, sus preciosos ojos verdes lo acariciaron como una brisa primaveral. En el piso siete ella se acercó a él hasta invadir un espacio que dejaba alcanzar a poca gente, sus rodillas temblaron y por un momento pensó en dejarse caer. En el piso ocho se enamoró de ella. En el piso nueve se besaron. Bárbara vivía en el piso diez.

"La obra fue un éxito. Recuerdo que recibí tres premios por mi interpretación de Mateo. Gracias a ello pude ser dueño de mi carrera teatral desde el principio, algo que pocos consiguen. Nuestra relación duró dos años y, aunque yo pretendía que fuera así, ella nunca estuvo enamorada de mí y, un buen día, me dejó, de la misma manera que me dejas tú ahora. Estuve enamorado de ella hasta que te conocí a ti, ¡tonto de mí!" Alberto, acarició su calva y suspiró y miró hacia la mesa del fondo donde un joven negro se quitaba una chaqueta roja de piel y se sentaba junto a una joven asiática que lo miraba con los ojos con los que miran los enamorados. Frente a él, una joven rubia con lágrimas en los ojos escuchaba atentamente.

Nerea era la hija de Juan, aunque había sido criada por su madre y el marido de ésta. Habían coincidido por primera vez hacía dos años, poco antes de que Juan muriera de SIDA, en una cena en casa de Juan y Julián, su compañero. Nerea parecía mucho mayor de lo que era en realidad. Su manera sugerente de caminar, su manera intimidadora de mirar, su manera envolvente de hablar, sus maneras, no parecían las de una joven que acababa de alcanzar su mayoría de edad. Se enamoró de él en el instante en el que lo vio. Nerea había seducido a no menos de un centenar de hombres pese a su tierna edad. Alberto no había vuelto a enamorarse desde que Bárbara lo abandonó. Su recuerdo estaba todavía muy presente en su corazón. Nerea consiguió su teléfono a través de su padre con la excusa de pedir consejo profesional a alguien con cierto prestigio. Con la misma excusa enredó a Alberto, que aceptó verla en una cafetería del centro que por aquel entonces estaba de moda.

Nerea insistió y después de la cafetería vino el bar que regentaba un amigo de su padre, la cafetería del teatro, la sala de conciertos del hermano de Julián, un restaurante chino de buena reputación, el bar de una amiga, la cafetería en la que Alberto desayunaba todos los días, un restaurante francés que ella nunca hubiera podido pagar, una pizzería, la cama de un hotel en la Vall d'Aran. El amor de Nerea por Alberto era real, nunca antes se había sentido así, disfrutaba de cada instante de tiempo como quien disfruta de un constante y agradable descubrir.

"Yo no quería enamorarme de ti, Nerea. No quería que me volviera a pasar, porque el amor duele ¿sabes? Me duele ahora mismo y me dolerá y me dolerá y me dolerá. Conseguiste lo que querías, a mí, pero no te conformaste con eso, quisiste mi amor y ahora que por fin lo consigues resulta que ya no me quieres... Y al final del día Bárbara ya no es Bárbara, al final del día Bárbara es Nerea pero yo sigo sintiéndome igual de vacío..."

"Lo siento, Alberto. Sabes que siempre te querré, es sólo que..." Alberto acercó violentamente el dedo índice de su mano derecha a su boca indicando silencio.

"Tengo casi cuarenta años, no me vengas con excusas, déjalo así... Si, en el fondo, la culpa es mía, siempre lo es..." Sacó un billete de diez euros del bolsillo izquierdo de su pantalón de pana marrón y lo dejó sobre la mesa y se abrigó con su chaqueta de piel negra mientras se levantaba de su silla. "Ahora me voy. Espero verte por ahí un día de estos. Seguro que coincidimos en alguna obra de teatro... o en algún concierto de jazz. Hasta entonces... ¡Cuídate!"

Alberto abandonó el local mientras Nerea rompía a llorar. Sus lágrimas eran sinceras. Su amor, el que había sentido por Alberto, simplemente, había desaparecido, mutado.

Cuando llegó a casa sonó el teléfono.

"Alberto," su voz, pese al paso del tiempo, seguía irradiando elegancia.

"Bárbara," musitó él, lo estaba esperando.

"¿Cómo estás?"

"¿Cómo estoy? Supongo que bien... ¿Sabes? Es curioso que me llames ahora, hoy... Qué cosas tiene la vida... He estado esperando tu llamada durante dieciocho años, dieciocho años en los que he sido incapaz de amar a otra mujer..."

"Alberto, te quiero..."

"Lo sé, me lo creo... Y si hubieras llamado hace un mes... Pero yo ya no, Bárbara, yo ya no," colgó y rompió a llorar.

***

Se despertó mucho después. El piso estaba vacío. Oscuro. La buscó, pero no la encontró. En la puerta del frigorífico encontró una nota manuscrita por ella. Su caligrafía, pasión, era inconfundiblemente artística.

Probablemente te quise fuerte antes de que entraras de repente en mi vida,
probablemente te querré fuerte cuando sea ya demasiado tarde para ti,
probablemente tengas razón,
como tantas otras veces,
y nuestro amor está desfasado, en el espacio, en el tiempo...
Te quiero bicho, pero no puedo.

Leyó la nota en voz alta. Escuchó atentamente cada una de las palabras que él mismo pronunciaba. Lo hizo como si fuera ella quién le hablara. Su voz era dulce. Asintió con la cabeza mientras el sonido de su epitafio todavía retumbaba en su cabeza. Sonrió. Lloró.

***

Tardó una semana en llamarlo.

"¡Hola!" Dijo ella a través de los altavoces de su ordenador portátil. "Sé que te debo una explicación y tenemos que hablar, pero primero la buena noticia..."

"Dime," contestó él, sin ánimo alguno de sorprenderse.

"¡Ha aparecido tu cámara!"

"Qué bien," sus palabras carecieron de entusiasmo.

"¿Estás bien?"

"Lo estoy, no te preocupes."

"¿Quieres hablar?"

"No, no me apetece. No sé hablar, no. Yo, lo único que sé hacer es escribir, bien o mal, pero escribir. Y a veces, sólo a veces, la gente entiende lo que escribo..."

Silencio.

"Te quiero..." Susurró ella.

Silencio.

"No, aunque yo sí, pero no te preocupes, los empates siempre se rompen... Y lo mejor de un desempate, es que incitan a la remontada... Cinco a cuatro, ¿no?" Susurró él antes de dibujar una sincera sonrisa en su rostro... Ella le empató...

13.2.06

Tres cuentos cortos

Espejos:

Impecablemente vestido. Cerró su puño con fuerza y lo vació sobre la superficie fría de su recién comprado espejo. Mil pedazos. Cerró los ojos, resignado a la sangre que emanaba de sus nudillos. Los abrió de nuevo y se perdió en la caótica telaraña de cristal repleta de diminutos rostros desconocidos en la que se había convertido el espejo. Vio el rostro de un abogado disciplinado. De un hijo ejemplar. De un padre paciente. De un marido atento. De un amigo fiel. Miró y vio, pero no estaba él, seguía sin estar y encima, ahora, no iban a devolverle su dinero...

Cuatro espejos en un mes.

Ilusión:

"Mírame a los ojos," silencio. "De hecho, es imposible mirar a los ojos, siempre acabas mirando sólo a uno..." Los labios de él susurraban algo a tan sólo dos centímetros de los labios de ella. Permanecieron al filo de un delicioso abismo de incertidumbre durante un instante eterno. Disfrutaron de un blanco silencio antes de. Se sumergieron en un mar de golosas dudas antes de. Se sintieron uno antes de.

Se besaron, torpemente. Pero conscientes. Juntaron sus manos, suavemente. Pero firmes. Confiaron el uno en el otro, ciegamente. Ilusión. Cerraron los ojos antes de volverlos a abrir. Se dejaron caer en la oscuridad del abismo...

Luz.

Tentempié:

Le arrancó sus patas una a una. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Desconocía si aquello la habría terminado. La atravesó con un alfiler y clavó su cuerpo en una pizarra de corcho que le había regalado su padre. El viejo se consumía en la camilla de un hospital mientras su madre lloraba en el hombro de una enfermera que pronto olvidaría su nombre. Sonó su teléfono. Sabía lo que aquello quería decir. Abrió su frigorífico y de su interior sacó una cerveza, pan de molde, queso fresco, lechuga, tomate, cebolla y pavo. Antes de disfrutar de un tentempié, fotografió el cuerpo de la araña con su cámara polaroid y escribió algo en la fotografía y la clavó junto a la original:

nueve y treinta y siete del tres de febrero de dos mil cinco
ni es gato, ni araña...
el fin


Se acomodó en el desorden de su habitación y comió. Había quedado a las once para ir a jugar a billar con unos amigos.

9.2.06

Después del atardecer

Nadie circulaba por el puente de la comarcal a aquellas horas de la tarde. Allí estaba ella, frente a la baranda de piedra y cemento. A su alrededor silencio. El repentino crujir de un arbusto pisoteado por un jabato, el goloso cantar de un pájaro, la delicadeza de la brisa vespertina que acaricia las escuálidas ramas de un árbol, la incesante y repetitiva melodía de diminutos seres invisibles, su agitada respiración... Pero silencio.

Respiró profundamente antes de ascender, un último peldaño. Allí, de pie, contempló el más bello de los atardeceres. Frente a ella un lienzo en el que azules, rojos, naranjas, amarillos y púrpuras salpicaban desordenadamente un agotado Sol ígneo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, una vez más, la última.

Sus derepentes, sus esques. Su descenso.

Miró hacia abajo.

Los dedos de sus pies se encogieron desesperadamente, como queriendo sujetarse con fuerza a la superficie sólida de la baranda. Sus piernas comenzaron a temblar irremediablemente. Sudaba. Se había sentido así antes. En unos segundos el vértigo habría desparecido, parasiempre.

La imagen fugaz de sus pilares, sonrientes, le encogió el corazón. Demasiado tarde ya para echarse atrás.

Saltó. Abrió los ojos con fuerza.

Su primer recuerdo se remontaba a un caluroso día de verano en el supermercado del pueblo donde veraneaba, cuando era tan sólo una niña. Un globo de color verde atrapado en una de las estanterías llamó su atención, pero no la de su madre. Permaneció perdida varias horas. Sus primeros días en la escuela se sintió sola. Sus primeras travesuras, sus primeras reprimendas, era incapaz de no sentirse mal después de ellas. Su primer amor, su mirada, su sonrisa. Su primer beso. Tarde o temprano todo se acaba. Cíclos. Un golpe detrás de otro, también caricias. Sonrisas. ¿Por qué?

El impacto del aire inundó sus ojos y nubló su vista. Frente a ella, sus recuerdos pasaban cada vez a mayor velocidad para amontonarse en la parte posterior de su ser y ejercer una insoportable presión en sentido ascendente. Alfileres. La presión, insufrible. Sintió súbitamente como si le arrancaran con violencia un pedazo de su persona, sangró. Por fin, ligera. Cayó libremente, sin oposición. Atrás quedó ella.

Estiró su brazo izquierdo.

Abrió su mano.

Su rostro, desencajado, dibujó una leve sonrisa.

Tocó el agua con sus dedos antes de que la cuerda la impulsara de nuevo hacia arriba.

Su sonrisa se tornó risa.

En su camino ascendente se encontró de nuevo con ella, aún cayendo. Cerró los ojos y estiró sus brazos, como el que se lanza de cabeza al agua, antes de atravesarla con decisión. Miró hacia atrás y ya no estaba allí, ya no estaba allí. Se frotó la cara con su mano izquierda, todavía húmeda.

Su risa se tornó carcajada, risotada de colores.

...

Mientras caminaba hacia el pueblo pensó de nuevo en el más bello de los atardeceres. Mañana el Sol volvería a salir. Mañana, de nuevo, el más bello de los atardeceres. Se giró con aire firme y desafiante, y la miró. Allí estaba ella, frente a la baranda de piedra y cemento. No pudo evitar llorar de alegría. No pudo evitar volar, ahora que sabía como...